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Los operadores, preocupados por la pujanza de las tecnológicas en telecomunicaciones

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Los operadores de telecomunicaciones, especialmente los europeos, están preocupados por la gran fortaleza que muestran las grandes tecnológicas en el mercado de telecomunicaciones, sobre todo en los futuros servicios empresariales y redes privadas 5G. Los operadores temen que las tecnológicas les arrebaten a corto plazo una parte sustancial de las aplicaciones que demandan las empresas, la más lucrativa de su negocio, al tiempo que dependen cada vez más de las tecnológicas en la gestión de la computación en la nube.

 

Se ha repetido hasta la saciedad que 5G supone una gran ruptura tecnológica. Lo que no se dice tan a menudo es que 5G puede cambiar las reglas de juego existentes, sobre todo en Europa, entre los operadores de telecomunicaciones, altamente regulados, y los gigantes de Internet, los GAFAM (Google, Apple, Facebook, Amazon y Microsoft, todos estadounidenses). El problema principal es que estos últimos cuentan con abundantes recursos tecnológicos y financieros para imponer su ley y tienen muchas menos servidumbres que los operadores, especialmente los dominantes en cada país europeo (Telefónica, DT, Orange, BT, TIM, etc.).

 

Los operadores europeos se quejan reiteradamente de lo que consideran una regulación del mercado de telecomunicaciones injusta porque, aseguran, se les exige a ellos el cumplimiento de muchas obligaciones y del pago de impuestos y muy pocas, en cambio, a las grandes tecnológicas. En realidad, la balanza ya empezó a desequilibrarse con la llegada de Internet, pero con el masivo uso actual de la red, la mensajería instantánea y el vídeo en streaming en manos de las tecnológicas, la situación es mucho más desfavorable para los operadores tradicionales. Y ahora, con la llegada del 5G, mucho peor.

Empieza a ser factible que las grandes tecnológicas tengan un papel preponderante en la prestación de las redes y los servicios empresariales más importantes, en detrimento de los operadores tradicionales

“¿Cómo puede ser que WhatsApp no sea tratado como un operador?”, se preguntaba Timotheus Höttges, máximo responsable de Deutsche Telekom, el operador dominante alemán, en el pasado MWC de Barcelona, y afirmaba que los GAFAM movilizan casi el 80% de la banda de paso [de los operadores europeos] sin pagar ni un céntimo. En la conferencia inaugural del MWC, los operadores volvieron a reclamar una regulación más flexible y más justa, como habían hecho en múltiples ocasiones con anterioridad, sobre todo para afrontar el reto que supone 5G.

 

La Comisión Europea, y ahora también parece que la Administración estadounidense, es consciente de la situación desfavorable de los operadores y de la mayor fortaleza que exhiben las grandes tecnológicas, que espera reequilibrar en parte con dos propuestas de directiva, la DSA y DMA,  que justamente se están ahora debatiendo enconadamente en el Parlamento Europeo, que debe llegar a un compromiso el próximo 8 de noviembre para que el diciembre sea definitivamente aprobado en el Consejo Europeo por los Estados Miembros. El reciente apagón de Facebook y las revelaciones de algunas de sus prácticas le han puesto en el ojo del huracán y, por extensión, al resto de tecnológicas.

 

La Comisión Europea quiere regular ex ante los posibles abusos de los mastodontes de Internet, tanto para los consumidores como para las empresas basadas en Europa, para no tener que perseguirlos ex post. En principio, los parlamentarios están de acuerdo en imponer severas condiciones a los gigantes de Internet, aunque les divide la espinosa cuestión de obligar a retirar los contenidos considerados ilegales. También se quieren poner límites a otros actores que no son los GAFAM, como Booking, Alibaba o TikTok, entre otros.

 

La idea motriz de ambos textos, como dijo en su día la vicepresidenta de la Comisión Europea, Margrethe Vestager, es que lo que es reprobable off line lo sea también on line. Pero llevarlo a la práctica no es nada sencillo y los potentes grupos de presión existentes en Bruselas pondrán todas las trabas posibles para retrasar o anular sus efectos. Para complicar más la situación, se duda de la capacidad legal de un Estado de la Unión Europea de exigir la retirada de un contenido alojado en una plataforma de otro Estado miembro. Por eso, una propuesta es hablar de “país de destino” y no de “país de establecimiento” de la información objeto de la disputa. Otra controversia parlamentaria es cómo tratar la publicidad en línea.

Servicios prestados a los operadores

Un problema adicional, y nada menor, es que los operadores son cada vez más dependientes de los gigantes tecnológicos a la hora de prestar sus servicios. Y no se trata sólo de que muchos operadores emplean los servidores y las nubes de los GAFAM para alojar sus datos sino que también contratan sus servicios de computación en la nube, altamente competitivos gracias a sus programas de inteligencia artificial, que sirven después para que los operadores ofrezcan múltiples servicios empresariales a sus clientes. Aún en el supuesto favorable de que las nubes estén ubicadas en territorio de la Unión Europea y de que no haya fugas de información, esta dependencia de los operadores, que va a más, plantea muchos interrogantes.

 

Le Monde ilustraba el problema que tienen los operadores con el ejemplo de que Orange acaba de abrir un laboratorio para que las empresas puedan probar las nuevas aplicaciones que depara 5G, como pilotar drones a distancia, analizar vídeos para detectar incendios, medir la calidad en tiempo real de los productos fabricados o poner en marcha un servicio de telemedicina, entre otros muchos. Gracias a 5G y a los servicios de computación en la nube y en el borde, se pueden conectar smartphones y dispositivos IoT en tiempo real en el laboratorio de Orange. La pega, añade el periódico, es que el operador ha debido apoyarse en un socio tecnológico para prestar este servicio de demostración que, en este caso, es Google, aunque podría ser cualquier otro gigante de Internet.

Los operadores europeos tradicionales reclaman una regulación más flexible y que no beneficie, como consideran que pasa ahora, a las grandes tecnológicas, pero la evolución tecnológica es tan acelerada que difícilmente se puede resolver con una directiva comunitaria

Los operadores cuentan con la licencia de uso del espectro y del tendido de fibra para llegar en cada de sus clientes, pero están surgiendo alternativas que pueden permitir que los gigantes tecnológicos ofrezcan sus servicios directamente, vía satélite por ejemplo, o simplemente alquilando fibra un operador en apuros. Sólo hace falta ver lo que está pasando en muchos mercados europeos con los operadores alternativos, de banda ancha fija o móvil.

Redes totalmente privadas

Los operadores, evidentemente, nunca han trabajado solos, sino que se han apoyado extensamente en las distintas empresas e intermediarios que configuran el ecosistema y la cadena de valor, sea con los equipos de red o con el software, que cada vez es más importante. Pero los clientes finales, aunque fueran empresas muy importantes, dependían en cierta forma de los operadores, sobre todo con las comunicaciones hacia el exterior.

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Ahora empieza a ser factible que las grandes tecnológicas asuman un papel preponderante en las cuentas empresariales más importantes, que también son las más lucrativas, y se hagan con el control del negocio principal. Disponen de los recursos financieros necesarios para ello y han demostrado, en los últimos años, que no hay tecnología que se les resista. Y si tienen alguna carencia, tiran del talonario y asunto solucionado porque, además, retiran del mercado a un potencial competidor.

 

La piedra de toque será el establecimiento de redes privadas 5G. De momento, el desarrollo de los servicios empresariales 5G es aún embrionario, porque hay que poner a punto muchos aspectos, pero es cuestión de relativo poco tiempo para que sean realmente competitivos y, sobre todo, que estén al alcance de cualquier gran empresa y, con el tiempo, de las pequeñas y medianas, conforme se democraticen las aplicaciones y aumente su catálogo de posibilidades.

 

En la última edición de la Hannover Messe, antes de la pandemia, se suscitó un vivo debate sobre si las redes privadas 5G tenían que ser instaladas, gestionadas y mantenidas por un operador, al menos las comunicaciones exteriores de la empresa, o si lo podía hacer todo el cliente final. Hay que tener en cuenta que, por ejemplo en Alemania, hay 100 MHz de la banda media 5G (de 3,7 a 3,8 GHz) reservada para las redes privadas y muchas compañías, las de gran tamaño, ya han solicitado la licencia para operar de manera autóctona, sin necesidad de terceros (Huawei cuenta con una licencia, con lo que podría operar y dar servicios empresariales 5G a terceros, sin problemas por ser chino). También está reservada para redes privadas parte de la banda de 3,8 a 4,2 GHz en el Reino Unido y de 2,57 a 2,62 GHz en Francia.

 

En aquella feria, Nokia se mostró partidaria de poder ofrecer sus equipos de red directamente a un cliente final, que pasaría así a tener pleno control de sus datos y de su tecnología (y responsabilizarse de su funcionamiento). Ericsson, en cambio, se mostró más cauto y, para no tener que enfrentarse a sus principales clientes, que son los operadores de cada país, consideraba que era mejor no vender directamente a los clientes finales sino que ellos contrataran el servicio al operador y fuera el responsable de que todo funcionara correctamente.

 

Pero, según dio a entender hace unos días, Ericsson ha cambiado de opinión y ahora ya es partidario de ofrecer sus equipos de tecnología de red, y su mantenimiento, directamente al cliente final, sin pasar por el operador. Se entiende que no será lo habitual, entre otros motivos porque pasar a ser el propio operador de su red no está alcance de cualquiera. De todas formas, el tema sienta un peligroso precedente para los operadores importantes, porque se le pueden escapar sus clientes más importantes, a la vez que los más rentables. Además, la utilización de la tecnología de telecomunicaciones, aún en redes privadas 5G, se simplificará y la tentación de hacerlo uno mismo será más grande.

 

Por si ello no fuera suficientemente problemático para los operadores, es previsible que sean las grandes tecnológicas los que, conforme pase el tiempo, consigan más clientes para que les lleven todas sus comunicaciones. Aparte de suministrar tecnología y servicios a los operadores, también lo harán directamente a los clientes finales. Es evidente que ello no sucederá de la noche a la mañana pero, si siguen cayendo las tarifas de conexión a los servicios convergentes, como pasa en España debido a la intensa competencia, los operadores tendrán menos recursos para invertir y seguir siendo competitivos frente a las grandes tecnológicas.

 

Para postre, las operadoras, especialmente las europeas, continuarán siendo poco atractivas para los inversores, lo que precipitará aún más su valor bursátil y les obligará a vender activos para reducir deuda, erosionando un poco más su posición competitiva en el mercado. Lo anteriormente menciona puede resultar un poco apocalíptico, pero diversos estudios corroboran que puede suceder. Véase, por ejemplo, un informe de marzo pasado de ANRT, la Asociación francesa de investigación y tecnología, con el título de “5G en las cadenas de valor de los datos: el reto tecnológico e industrial está delante nuestro”.

 

El informe de la ANRT alerta, entre otras, que las redes se están virtualizando, lo que significa que las funciones que antes estaban aseguradas por equipos, por el hardware, ahora radican principalmente en el software. Las redes serán cada vez más complejas, sobre todo las 5G, lo que hará que su gestión deba automatizarse casi por completo, entre otros motivos porque no habrá humano que lo pueda hacer. El software que hará posible esta automatización de las redes exigirá, sin embargo, mucho talento y mucha inversión. Si las grandes tecnológicas logran atraer los servicios empresariales de mayor valor añadido, que son los más rentables, los operadores tradicionales pueden verse mermados de su principal fuente de beneficios y perder competitividad.